Volvió a pasar lo que pasa cuando quienes gobiernan toman decisiones sin mirar a los ojos a la ciudad: apareció una medida improvisada, desconectada, hecha más desde el escritorio que desde la calle. El Distrito anunció pico y placa los sábados para carros que no están matriculados en Bogotá. Y sí, suena tan absurdo como es.

Me preguntaron en una entrevista qué tan efectiva podía ser la medida para “incentivar” la matrícula en la ciudad. La respuesta es sencilla: nada efectiva. Quien compra un carro no cambia la matrícula porque un sábado le ponen una pared en frente. Eso no incentiva. Presiona. Y cuando el Estado recurre a la presión es porque no tiene política, tiene apuro.

Después vino lo que más duele: ¿y los trabajadores de la región? Los que madrugan desde Soacha, Chía, Cota, Funza, Mosquera, Cajicá. La gente que sostiene Bogotá pero que, por vivir afuera, ya carga con dos horas de ida y dos de vuelta. Para ellos el carro no es un lujo; es la diferencia entre ver crecer a sus hijos o llegar cuando ya duermen. Esta medida los golpea directo.

Y no es solo eso. El sábado el carro cumple una función que parece que nadie en la Alcaldía se detuvo a pensar: es el día para hacer vueltas, trámites, mercado, recoger encargos, llevar a los niños a actividades. El carro, en ese contexto, no es una amenaza: es parte de la vida cotidiana.

¿Cuál es entonces el impacto real de la medida? Ninguno en movilidad. El trancón no desaparece porque un sábado saquen a un grupo de carros. Lo que sí aumenta es el malestar. Se crean incentivos para la evasión, para la informalidad, para ese ingenio colombiano que aparece cada vez que el Estado decide castigar en vez de comprender.

Y acá está el punto: si el objetivo era aumentar el recaudo, había opciones sensatas. Modernizar trámites, dar beneficios reales por migrar la matrícula, crear incentivos para vehículos menos contaminantes, coordinar reglas con la región y, sobre todo, generar confianza. La gente paga cuando ve que la plata se usa bien. No cuando la obligan.

Bogotá no está para medidas simbólicas ni para ocurrencias de fin de semana. La movilidad necesita cabeza fría, datos, planificación regional. No parches.

Por eso sigo insistiendo: ¿quién está tomando las decisiones de movilidad en Bogotá? Porque la ciudad merece algo mejor que un castigo mal calculado. Merece una política pensada desde la vida real de su gente. Y mientras no lo entiendan, tendremos que seguir diciéndolo con claridad: no es por ahí.